La energía lumínica también contamina.
La contaminación lumínica que sufrimos, especialmente en las grandes ciudades, tiene más consecuencias negativas de las que imaginamos.
Sin embargo, su solución es relativamente fácil a través de la tecnología led, una de las más indicadas para acabar con este problema.
Entendemos por contaminación lumínica "la emisión de flujo luminoso de fuentes artificiales nocturnas en intensidades, direcciones, rangos espectrales u horarios innecesarios para la realización de las actividades previstas en la zona en la que se instalan las luces".
Quizá esta definición sea algo compleja. Sin embargo, los efectos de la contaminación lumínica son fácilmente apreciables por todo el mundo, especialmente por quienes viven en grandes ciudades, que pueden comprobar cómo, en horario nocturno, el cielo y las nubes parecen estar iluminados por la difusión de la luz artificial en los gases y las partículas del aire. La consecuencia más evidente es que dejamos de ver las estrellas y los demás elementos celestes.
Y aunque el hecho de que hayamos dejado de elevar nuestra vista al cielo es ya de por sí bastante grave, lo cierto es que la contaminación lumínica también trae consigo otras consecuencias nefastas, como el aumento del gasto energético y económico, la intrusión lumínica, el deslumbramiento y la fatiga visual, el aumento de los accidentes de tráfico, la dificultad añadida para el tráfico aéreo y marítimo, y el daño que se causa a los observatorios astronómicos y a los ecosistemas nocturnos.
Estos perjuicios, además, no se limitan al lugar donde se produce la contaminación, ya que la luz se difunde por la atmósfera y deja sentir sus consecuencias a centenares de kilómetros desde su lugar de origen. Esto hace que, por ejemplo, un 75% de la población de la Región de Murcia haya perdido la visibilidad de la Vía Láctea cuando mira al cielo.
Un ineficiente diseño o una colocación inapropiada de los elementos que conforman el alumbrado público son los dos factores que más inciden a la hora de agravar el problema de la contaminación lumínica. Por ello, y ya que la iluminación de calles y negocios es imprescindible, se recomienda al menos iluminar de forma adecuada, evitando la emisión de luz directa a la atmósfera, especialmente la enviada lateralmente o hacia arriba, y empleando la cantidad de luz que sea estrictamente necesaria allí donde ver sea imprescindible.
Además de la regulación del apagado de iluminaciones ornamentales o monumentales, el hecho de usar lámparas de espectro poco contaminante y de gran eficiencia energética también contribuyen a paliar el problema.
En general, la escasa sensibilidad de las Administraciones como consecuencia de una falta de información, unida al hecho de que ya llevamos conviviendo con este problema un largo periodo de tiempo, lo que nos ha hecho acostumbrarnos a él, hace que no lo percibamos como tal. Esto lleva a que, frecuentemente, a la hora de elegir un modelo de luminaria se imiten a otras poblaciones con alumbrado contaminante por criterios meramente estéticos, olvidando lo fundamental.
En estos casos, la iluminación de la vía pública a través de tecnología led está reconocida como una de las mejores decisiones para evitar que el problema de la contaminación lumínica avance cada día más en nuestro país.
Un led es un dispositivo que contiene un material semiconductor que, al aplicarle una pequeña corriente eléctrica, produce luz de un determinado color. Su característica fundamental es que no produce calor, por lo que no presenta el aumento de temperatura que caracteriza a otros muchos emisores de luz.
Actualmente, en los programas de ahorro energético y de consumo eléctrico aparece la iluminación por led, ya que su uso contribuye al desarrollo sostenible del planeta al producir hasta un 80% menos de consumo que otro sistema de iluminación convencional.
Entre las ventajas de la tecnología led se encuentra la larga duración del dispositivo (con una vida útil superior a 50.000 horas, lo que cuadruplica la vida útil del alumbrado convencional), su bajo coste de mantenimiento, su mayor eficiencia (toda la energía se emplea en generar luz, no calor), su bajo consumo (consume hasta un 80% menos que otros métodos de iluminación incandescente, fluorescente o halógena), su encendido instantáneo, su mayor luminosidad (brilla más que una bombilla porque la luz no se concentra en un solo punto), su gran resistencia a las vibraciones (no tienen cristal, sino un plástico altamente resistente a los golpes), su creatividad (se puede lograr una amplia gama de colores) y sus prestaciones ecológicas (es una luz direccionable, por lo que se concentra sólo en la zona deseada, y además contribuye al desarrollo medioambiental del planeta, ya que no contiene mercurio y ayuda a reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera, entre otros factores). Y, además, es una tecnología relativamente barata. Se calcula que una hora de luz LED equivale a una milésima de euro.
Actualmente existen productos de iluminación de vía pública y comercios que se adaptan perfectamente a las necesidades de cada proyecto. Lo ideal es acudir a profesionales especializados, que se encargarán de realizar un estudio de los requerimientos lumínicos para a continuación establecer cuál es, exactamente, la solución más óptima.